Mientras lo agobiaba con preguntas geográficas, él inspeccionaba las latitudes de nuestro secreto. Decía que el piso bailaba bajo nuestros pies y se limpiaba la nariz. Yo, ama y señora de otras tierras, me encontraba ocupada planeando la rebelión de mis impulsos contenidos.
Luego de ver dos cometas entre la neblina de Tarapacá, contuve la respiración y di comienzo al Stalingrado. No fue necesario leer los términos de su rendición, pues cuatro largos años avalaban la indiscutible victoria de mis acorazados. Reclamé al prisionero y pactamos el descenso. Cada dos estaciones los químicos sazonaban la imaginación. Ya nadie estaba en guerra.
Me aferré al brazo del Comandante y así marchamos a la confluencia de sus 210 revoluciones.
Cuando por fin arribamos, marcó mi cuello con la tinta de sus manos, me propinó dos heridas lingüistico-punzantes y se marchó.
Dicen que el sonido de nuestras risas cómplices aún retumba en los escalones del cuartel, nunca lo sabré, nunca volví(mos).